Intervención de la senadora Imelda Sanmiguel Sánchez, vicepresidenta de la Mesa Directiva, en la Sesión Solemne para rendir homenaje luctuoso al senador Gustavo Sánchez Vásquez.
Ciudad de México, a 10 de febrero de 2026
Versión de la intervención de la senadora Imelda Sanmiguel Sánchez, vicepresidenta de la Mesa Directiva, en la Sesión Solemne para rendir homenaje luctuoso al senador Gustavo Sánchez Vásquez
Muy buenas tardes a todas y a todos.
Creo que nunca había sido tan complicado dar un discurso en esta tribuna.
Bienvenidos sean ustedes, familia de nuestro gran compañero Gustavo.
Nos sentimos muy contentos de haber estado un momento en su vida. Pero lamentablemente, y afortunadamente, ya está él en la Gloria de Dios y nos sentimos satisfechos de haber estado compartiendo estos momentos con él, un hombre tan entregado, íntegro. Y finalmente tenemos una gran gratitud por él. Muchas gracias por estar aquí.
La ausencia no tiene el poder de borrar el legado de un hombre íntegro, honesto, trabajador y talentoso como fue Gustavo Sánchez Vásquez. Fue un amigo y un compañero entrañable, una persona querida por quien convivía con él y un político de los que México necesita más.
Sé que en esta Sesión Solemne se hablará de su vida pública y de su paso por el servicio al país, pero en esta primera intervención yo quiero referirme a algo más ese esencial, a la persona, al ser humano detrás del cargo. Porque antes que cualquier título fue un hombre cercano, generoso y profundamente humano, cuya huella permanece en la vida de quienes lo conocimos y lo quisimos.
Hoy esta soberanía rinde homenaje a un hombre cuya partida deja un vacío profundo, pero también una herencia de humanidad, congruencia y amor.
Hoy despedimos a Gustavo, no sólo al senador de la República, sino al ser humano que honró cada día de su vida con sus actos.
Hablar de Gustavo es hablar de valores vividos, no proclamados. Es hablar de un hombre que entendió que el verdadero significado del servicio público nace del corazón y se sostiene en la calidad humana. Quienes lo conocimos, sabemos que su grandeza no estaba en el cargo, sino en su forma de ser. cercano, respetuoso, firme en sus convicciones y profundamente sensible ante los demás.
Gustavo amó su tierra, siempre preocupado por el bien común de Baja California y de México. Tuvimos el honor de compartir con él momentos que atesoramos profundamente. Vivimos grandes experiencias juntos, como aquel viaje a Chihuahua, que hoy recordamos con especial emoción.
A pesar de las dificultades que enfrentaba, Gustavo decidió estar con nosotros, acompañarnos y cumplir. Nunca permitió que la adversidad definiera su ánimo, siempre sonriente, siempre fuerte, siempre con una palabra amable y un espíritu generoso. Su presencia, incluso en los momentos más complejos, fue una elección silenciosa de valentía y dignidad.
Gustavo no se quejaba. Nunca se quejó. No se rendía. Elegía estar, aportar, compartir. Así era Gustavo, un hombre que incluso en la prueba enseñaba sin discursos el valor de la fortaleza interior.
Aquí entre compañeras y compañeros supo construir respeto y amistad. Fue un hombre que creía en el diálogo, que sabía escuchar, que disentía con argumentos y que jamás perdió de vista que la política sin humanidad pierde la razón de ser.
Hoy su ausencia duele, pero su ejemplo permanece. Permanece en la memoria de quienes lo conocimos, en el cariño de su familia, en el respeto de esta Asamblea y en cada persona que fue tocada por su calidad humana.
Pero sobre todo Gustavo fue un hombre de familia. En él el amor no era discurso. Era presencia constante. Amó a los suyos con entrega absoluta, con orgullo y con una ternura que no buscaba ocultar.
Y si hay algo que muchos recordaremos con especial emoción era la manera en que hablaba de su esposa. Bastaba mencionarla para que su voz se llenara de sentimiento, para que sus palabras se tornaran más suaves y su mirada reflejara gratitud, admiración y un amor profundo, incondicional y sincero. Todos lo vimos y lo llevamos en el corazón.
En cada referencia a usted, señora Margarita, quedaba claro que su fortaleza también nacía de ese amor compartido. Gustavo entendía que la familia es un refugio, motor y sentido, y desde ahí, desde ese amor sólido, enfrentó la vida, los retos y también las dificultades con una entereza admirable.
A su esposa Margarita, a sus hijos Gustavo y su esposa Mónica, a Alejandro y a esa enorme alegría que nos presumía en cada oportunidad, enseñando fotos de su nieto Gustavito III. A sus hermanos Luis, Hugo, Francisco y Carlos, a su familia y a todos los seres queridos, les expresamos nuestro más sincero acompañamiento. Que encuentren consuelo en el amor que compartieron, en la vida que construyeron juntos y en la certeza de que Gustavo vivió dejando huella.
Descansa en paz, querido amigo Gustavo Sánchez Vásquez. Tu vida fue testimonio de amor, entereza y congruencia. Tu recuerdo vivirá siempre entre nosotros. Descansa en paz.
Muchas gracias.
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