Senadora Silvia Garza Galván: Los mexicanos y la corrupción normalizada

2017.04.16 SGG ZOCALO
En medio de los escándalos de corrupción que asedian a México todos los días, incluyendo a Yarrington, a los duartes, Odebrecht y muchos otros, hay un gran elemento de complicidad existente en los mexicanos pese al conocimiento y la denuncia pública de la corrupción. De acuerdo con un estudio recientemente publicado por la OCDE, los mexicanos somos muy críticos de la corrupción pero irónicamentela incitamos a la vez, con nuestras acciones cotidianas.

Todos estamos hartos de la aparentemente inacabable e insorteable corrupción que afecta nuestro país. Incluso, consideramos que es el segundo problema de mayor gravedad en México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2015 del ahora también desprestigiado INEGI por las mismas causas. De acuerdo con esta encuesta, la inseguridad y delincuencia es el principal problema señalado por mexicanos, y la corrupción está por encima de otros rubros importantes, como pobreza (3), mal desempeño del Gobierno (4) y mala atención en centros de salud y hospitales públicos (5). Sin embargo, pese a la clara identificación de la corrupción como uno de los principales males del país, de acuerdo con el reporte Revisión de la Integridad en México. Tomando una postura más fuerte frente a la corrupción, de la OCDE, 33% de los encuestados mexicanos reportó haber pagado sobornos en alguno de los siguientes rubros: educación, sistema judicial, servicios médicos y de salud, policía, permisos, impuestos y servicios públicos.

En detalle, los números resultan aún peores. Particularmente resulta alarmante leer el pago de sobornos a policías. Mientras que en el resto de los países OCDE el pago llega a 10% de los ciudadanos, en México la cifra se eleva hasta 60 por ciento. En cuanto al sistema judicial, 55% de los mexicanos entregó mordidas contra el mismo 10% de otros países. En otorgamiento de permisos, 25% de los mexicanos entregó dinero, y en cuanto a la evasión fiscal, esta reduce entre 20% y 38% de los ingresos del Gobierno mexicano. Como dato adicional, México es uno de los países donde más se da el “freeriding” o viajar en transporte público sin pagar mientras que tiene uno de los transportes públicos más baratos del mundo (e ineficiente).

En total, la corrupción tiene un costo económico enorme para nuestro país. De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), se pierde alrededor de 5% del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que otros estudios consideran que las pérdidas económicas pueden alcanzar hasta 9% del PIB.

Estos datos muestran con toda claridad que el problema de la corrupción en México no es circunstancial. Claramente observamos un círculo vicioso entre un gobierno corrupto, proclive a la impunidad y una ciudadanía que la fomenta en sus actividades cotidianas mientras se queja de las conductas del Gobierno. Observar la corrupción del Gobierno es sólo la mitad del asunto. Muchos denunciamos alegremente la corrupción policial, eso hasta que nos para un policía y buscamos la salida más rápida al asunto. Ese deseo por salir por la vía más fácil y rápida es la otra cara de la moneda del sistema de corrupción en México. Damos corrupción y nos dan corrupción. Las razones, muchas veces no lineales para señalar específicamente los propios actos, crean un ciclo de retroalimentación sin fin hasta convertir a la corrupción en un problema estructural, no sólo de las instituciones, sino de la nación misma.

Quizá el dato más triste que recoge el reporte de la OCDE viene del Barómetro de Corrupción Global, elaborado por Transparencia Internacional en 2013, en el que se encuestan las principales razones por la que los ciudadanos mexicanos no reportan actos de corrupción. La razón primordial por la que no se denuncia la corrupción es “porque no haría ninguna diferencia”, seguida por “Tengo miedo de las consecuencias” y un lejano tercer lugar asignado a “No sé dónde reportar”.

Este último dato no sólo nos habla de cómo nos volvemos cómplices, sino que nos habla también de una ciudadanía que ha perdido toda esperanza en las instituciones de su país. El Estado está tan carcomido por la impunidad que los mexicanos no ven razón para denunciar, puesto que no tiene sentido, seguido de un gran miedo a las consecuencias negativas que pueda traer su denuncia. El sueño de la tristeza, de los hombros caídos y actitud derrotista se ha apoderado de nosotros. No sólo es miedo ni frustración sino total resignación. Tanto la corrupción como la impunidad han quedado totalmente normalizadas.

De acuerdo con el reporte de la OCDE, lo que se necesita es revertir una cultura que acepta la corrupción y la falta de integridad. Mientras esto no ocurra, las reformas gubernamentales no tendrán éxito. De esta manera, entonces nos queda hacernos la gran pregunta que no sólo corresponde a los servidores públicos y funcionarios, sino a cada uno de los mexicanos: ¿Cómo podemos romper un problema sistémico como la corrupción? Y particularmente preguntarnos: ¿De qué manera fomento esta cultura con mis actividades diarias? Tal vez una reflexión sincera a nivel individual sea el primer paso para atacar el monstruo insondable de la corrupción en México.

Nos leemos la próxima semana. ¡Muchas gracias!

Publicado por El Zócalo el Lunes 16 de abril

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